Recuerdo perfectamente ese verano. Agosto del 66
“Blanca criada en un barrio de negros. KKK”.
Una mañana apareció esta pintada en la fachada de la casa de Clarece. No hacia falta decir el remitente del mensaje. Quedaba claro que en Luisiana, se seguía viendo mal la mezcla de colores.
No tardó en blanquear la pared, visiblemente enfurecida, pero a pesar de todo, no perdía su carácter altivo y chulesco. Actitud que la llevó a ganarse cierto respeto de nuestra comunidad. Realmente sólo el respeto de los hombres. No así ocurrió con la mujeres, que la trataban con recelo, llegando algunas a negar saludo alguno.
Llegó de Boston el año pasado al barrio. Supusimos que debía ser pobre ya que ningún blanco buscaba la compañía de negros, si no fuera por fuerza mayor. Aún así los menos adinerados de Nueva Orleáns formaban sus propios barrios de blancos, por lo que algo más debía seducir a Clarece para vivir en nuestra calle. Jamás supimos que fue lo que la trajo aquí y para ser sinceros nunca nos importó mucho.
Tez pálida, a contraposición de una frondosa caballera azabache siempre desordenada, cuyos enmarañados rizos, caían como el sol de Agosto, en el sucio asfalto. Como las gotas de sudor en su generoso escote siempre encerrado a duras penas, tras una minúscula camiseta de tirantes blanca.
Un lunar destacaba sobre sus labios tremendamente generosos y apetecibles, preparados constantemente a recibir alguna boca ajena.
Rozaba los cuarenta, pero engañaba a la vista considerablemente, restando años a las miradas ajenas.
Cuando hablaba, miraba al cielo con esos enormes ojos negros cercados por unas formidables pestañas a juego, como pensando en algo que no tenía que ver con lo que su lengua articulaba. No arrastraba las palabras, pero siempre conversaba con calma.
Siempre miraba seria todos lados y en raras, muy raras, ocasiones nos regalaba su sonrisa. Pero cuando lo hacía el sol era capaz de abrirse paso entre los nubarrones de otoño.
Típica es la frase de aquí Laissez les bontemps rouler, y el tiempo no pasaba mientras sus dientes asomaban por esos labios tan carnosos, de una forma tan descarada.
Solía asomarse para observar el barrio desde el porche de su casa por las mañanas muy temprano. Supongo que disfrutaba del frescor que el lago nos regalaba a esas horas.
Antes de marchar al colegio, mientras desayunaba, no paraba de mirar a través de la ventana sus gestos, su forma de caminar, su inquietante mirada entre melancólica y chula.
Cuando el sol lucía en su punto más alto, no salía al exterior, hasta bien entrada la noche, momento en el que vestida con blusa y tejanos, abandonaba su hogar para disfrutar del embrujo de la luna.
Jamás se maquillaba. En mi opinión sería como tratar de mejorar una obra de arte. Sólo se adulteraría.
Solía frecuentar uno de los multitudinarios clubs de Jazz de la parte vieja de Nueva Orleáns. Pero a diferencia de los blancos ella iba a la Barbería. El bar de Jackson, un antiguo pescador que montó el negocio en una granja donde se solían juntar los negros para celebrar sus fiestas clandestinas a principios de siglo. Por así decirlo uno de los sitios donde nació el Jazz.
Boby era mi mejor amigo, solíamos ir al lago Pontchartrain, cerca de nuestro barrio, a coger ranas, apostar quien lazaba la piedra más lejos o simplemente para bañarnos en el sofocante verano de Luisiana.
Nos sentábamos en la orilla, remojando nuestros pies en el agua y hablábamos del futuro, de nuestras expectativas pero sobre todo de Clarece. Nos fascinaba. Una blanca que parecía negra, en un barrio de negros.
- El año que viene voy a trabajar para el señor Jones en el cañaveral.
- Bah! El cañaveral es un asco. Sólo hay arañas, mosquitos y acabas con la espalda rota. Yo voy a formar una banda de Jazz. – Boby sabía tocar muy bien la batería. Su padre, tocaba desde hace años en un grupo de jazz, en un club de la zona rica para turistas de culo fino.
Tras pensar durante un rato en la gran verdad que dijo, cambié de tema.
- Hoy soñé con la solterona.
- ¿De veras?- Sus ojos se abrieron como platos. El mero hecho de hacer referencia a Clarece, era una señal de expectación- ¿Y que pasaba?
- Me invitaba a su casa a tomar limonada.
- Me estas mintiendo.
- En serio. Y después nos besábamos. – Lancé vagamente una piedra y suspiré mientras recordaba el sueño. Donde ella me abrazaba y posaba mi cabeza en sus mullidos pechos.
Tras un minuto de silencio mirando la tranquilidad de las aguas, Boby contestó.
- Pues yo también soñé con ella, el viernes pasado.
- Anda, no te creo. ¿Y que soñaste?
- Que ella te besaba.
-¡¿Si?! ¿Y que pasaba después?
- Que te volvías blanco. -Me empujó mientras caíamos de espaldas a carcajada limpia.
En nuestra inocencia propia de los quince años, veíamos en Clarece a una reinona. Nos atraía su misterio, su sensualidad y sobre todo el color de su piel.
Por las mañanas, solía asomarse al porche de su casa y deleitarse con el frescor matutino que nos regalaba el lago, con un cigarro en la mano y una botella de ron en la otra.
En el barrio la llamábamos Clarece “la solterona”. Jamás la vimos con un hombre al que pudiéramos llamar marido, o simplemente pareja. Curtis, un negro de enormes proporciones del barrio y belleza huidiza, era un visitante asiduo de su casa donde pasaba largas horas encerrado con ella y cuando salía parecía realmente extenuado.
Mi madre en ocasiones me decía que jamás me acercara a la casa de la bruja blanca, que era una mala persona y encantaba con vudú a los hombres que allí entraban, cosa que por la cara del “Big” Curtis, me creía de pies juntillas hasta la última leyenda que en el barrio se comentaba sobre la solterona.
El señor dijo que todos somos hermanos, pero jamás primos y aunque joven, ya estaba un poco picardeado, a pesar de la insistencia de mi madre de no faltar a misa los domingos con ropa nueva. Como bien se sabe, para despertar el deseo de un adolescente, solo tienes que prohibirle hacer algo. La curiosidad corroe como una ratón un pedazo de queso, más aún si el queso es mi fascinación por Clarece y el ratón viste camisetas que acarician curvas como las del Mississippi.
En mi casa, mi madre, era la única influencia de poder que yo tenía. Desconocía a mi padre. Como quien dice, cierto día marchó a por tabaco y creo que la plantación aún esta criando.
Mi hermano mayor, Louis, fue enviado a una guerra lejana en un país cerca de China, hace ya casi un año. Por lo que decían, faltaba poco para su regreso porque íbamos ganando. Llegó antes de lo esperado, recibimos una corona de flores y una bandera doblada desde aquel sitio llamado Vietnam. Lloramos y maldecimos, pero el color de nuestra piel era la cruz con la que nacimos como bien aprendí más tarde y nuestras suplicas pasaron de manglar a manglar y devoradas por algún caimán blanco.
El resto de mis hermanos eran mucho más pequeños que yo.
Cierto día, mi madre tuvo que viajar al centro, ya que en la oficina postal, había una carta certificada que tenía que recoger. Como vivíamos en las afueras, en el norte, tenía que caminar hasta el centro para recogerlo y eso llevaría una buena jornada del día. Optó por tomar a los pequeños y llevárselos con ella, desde muy temprano, dejando la casa a mi cargo.
Así que sentado en el porche de nuestra casa observé como se alejaban por la carretera, con paso firme y sin prisas.
Aburrido tras unos minutos de tirar piedras con desidia y caer en la cuenta de que era demasiado pronto como para que Boby estuviera si quiera despierto, miré a un lado y otro de la calle antes de volver dentro de casa, cuando la puerta de la casa de enfrente se abrió.
Clarece salió con su habitual camiseta blanca de tirantes al porche. Con su cigarro y su botella de ron y se apoyo en la barandilla mientras miraba al cielo encapotado.
Era extraño, pero en Nueva Orleáns puede pasar de todo, hasta llover una mañana de agosto o que los sueños se conviertan en realidad.
Permanecí en las escaleras sentado mientras la observé chupar ese cigarro y echar el humo a la francesa.
Ella no me había visto a pesar de vivir en frente, o por lo menos disimulaba mirando al infinito.
Anonadado no podía ni pestañear mientras miraba sus impresionantes piernas blancas como la leche, sólo tapadas por un pantalón corto a mitad de sus muslos.
Recordé entonces sus labios rozando los míos en el sueño. Mis oscuras manos navegando por su pálida espalda y nuestras lenguas fundidas en un beso. El deseo que nos ataba para siempre siendo yo uno de esos reyes africanos que mi madre me contaba de pequeño antes de dormir y ella mi reina.
Tal vez fuera mi somnolencia mezclada con mi fantasía la que provocó que una parte de mi cuerpo tomara vida propia bajo mis pantalones desgastados. Y lo peor de todo es que ni siquiera me di cuenta.
Mientras imaginaba un amor imposible, de la casa de Clarece salió “Big Curtis” bostezando como un gran oso, recién llegada la primavera.
Sacó un billete y Clarece lo cogió mientras se despedían con una mirada y una sonrisa. Sin palabras, con la complicidad de un código secreto de expresiones Curtis sabía que se tenía que marchar y que podía volver cuando quisiera.
Me incorporé en el acto con la expectación de un perro al que le traen la comida. Fue entonces cuando ambos se percataron de que yo estaba allí contemplándoles.
Curtis me miró detenidamente y comenzó a reírse mientras meneaba la cabeza de lado a lado y se marchaba calle abajo, dando palmas que acompasaban su tosca risa.
La solterona, clavó sus ojos en mí. Esos ojos enormes que parecían desnudarme. Y su preciosa boca hizo un gesto jocoso, mientras pestañeó repetidas veces, antes de hablar.
- Parece que te alegras de verme.- Su calida voz me arrastró a la realidad. Enseguida traté de disimular la tremenda erección que mi pantalón no podía ocultar.
Noté como el calor invadía mis mejillas y mi boca temblaba intentado buscar algo que decir, pero las palabras se apelotonaban en mi cabeza trabando mi lengua y desbocando mi corazón.
Mostrándome el billete que cogió de las manazas de Curtis, volvió a hablar dibujando una preciosa sonrisa, digna de Nueva Orleáns, antes de meterse de nuevo en su casa.
- Cuando tengas uno de estos y seas mayor de edad, ven a verme.
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