-La respuesta del sujeto es asombrosa- Lúcido en su apreciación, aunque con una expresión congestionada y preocupante en su grave tono de voz.- El sujeto Alex sufre de una psicopatía aguda, con brotes sicóticos exageradamente violentos. Asesinó a tres mendigos de una manera brutal. Según el informe, su reacción es obsesiva. Se obstina en conseguir un fin, típico de su problema. Los golpeaba hasta la inconsciencia para, posteriormente, descuartizar meticulosamente los cadáveres de sus victimas. Actúa de una forma natural y sin remordimientos. Debemos tener en cuenta que Alex, no es en sí un elemento de la sociedad perjudicial, desde su punto de vista. Su percepción de la realidad esta alterada con respecto a la ética que impone la sociedad. Asesina sin contriciones.
- ¿Esto qué tiene que ver con el hecho de que yo esté aquí?- Interrumpió Hellen Smith, ligeramente aturdida por el monólogo del doctor. Estaba adscrita al departamento de policía de Nueva York. No era policía. Colaboraba con el departamento en casos difíciles de resolver por un supuesto poder paranormal de videncia. Podía leer las mentes desde los ocho años y esto la hizo acabar, ayudando a la policía en caso de secuestros y desapariciones. Pero esta era la primera vez que se le solicitó leer la mente de un perturbado.
- Sólo la quería poner en antecedentes, señorita Smith. – Prosiguió- Digamos, que Alex cree en su locura, que tiene una misión. Cuando le trajeron al centro, su actitud era brutal para con el personal sanitario.- Hizo una pequeña pausa, para ajustar las gafas al puente de su nariz. Sus ojeras entristecían su mirada, otorgándoles una edad muy superior a la que realmente tenía.- Dos celadores tuvieron que recibir asistencia sanitaria tras uno de sus frecuentes ataques violentos.
El psiquiatra David Wasser, se levantó de la mesa, dando el último sorbo al café e invitando a la joven a seguirle.
Salieron al pasillo principal del pequeño centro de salud mental de San Patrick, en Rhode Island, después de cerrar la puerta de su despacho con llave.
El batín blanco hacía la figura de David, más alta y delgada, si cabe.
- Sus continuos gritos solían alterar a los internos cercanos. En ocasiones se llegaban a escuchar hasta la recepción.- Comentó, señalando el hall que dejaba a la espalda para tomar las escaleras al sótano.- El patrón de conducta de Alex, no variaba. Por la mañana suplicaba y cuando no obtenía respuesta de los celadores, su frustración le llevaba a golpearse contra la pared y el suelo, llegando incluso en ocasiones a perder la conciencia y requerir la intervención de nuestras enfermeras. Algo habitual en este tipo de pacientes. Por la noche, daba un giro radical y parecía volver al raciocinio.
Llegando al sótano, un simple pasadizo lúgubre de no más de treinta pasos de largo, un celador hacía guardia constante en una mesa, donde controlaba la apertura de puertas de las celdas y el office de medicamentos de urgencia.
- Buenas noches Doctor.
- Buenas noches, Robert, ¿Alex sigue igual? –Interrogó observando el informe de otros turnos de vigilancia.
- No ha variado, desde hace cuatro días.
- Gracias Robert. Necesitamos entrar en su habitación.
El celador entregó una tarjeta al Doctor y siguieron andando.
- De pronto – Se dirigió a Hellen.- Su actitud cambió radicalmente. Dejó de gritar, de insultar al personal
- ¿Cuánto tiempo lleva así?- Preguntó por fin Hellen.
- Es difícil asegurarlo. Hace una semana, nos percatamos del hedor que manaba de la habitación. Se orinó y defecó encima.- Paró en mitad del pasillo escrutando a la señora Smith, con el dictamen médico en la mano.- Con tremenda cautela, ordenamos a dos celadores que le retuvieran mientras se le cambiaba y lavaba. Era muy extraño. Alex no reaccionaba y permanecía en una rigidez extrema, a la vez que la sudoración era considerablemente abundante.
Se inclinó tanto hacía Hellen que de su cuello se descolgó la estrella de David, con sus seis puntas de oro.
Ordené- Continuó- que le trasladaran a observación para realizarle pruebas. Pero en el momento que le levantaron para sacarle, comenzó a gritar histéricamente, golpeando a los operarios y volviendo a su anterior posición, arrinconado en una esquina. Nos vimos obligados a dejarle y solicitar su ayuda para averiguar que le ocurre.- Se paró frente a una de la celdas.- Esta es.
El doctor Wasser pasó la tarjeta por la cerradura abriendo la puerta blindada de la celda número ocho, cuando un hedor insoportable abofeteó las pituitarias de ambos.
El gesto de asco de ambos, provocó que la enfermera de guardia, ocupada en las estanterías del office, corriera a encontrarse con la visita. Se echó la mano a la boca, para detener la arcada.
Arrinconado en una esquina con la mirada fija en el infinito, sobresalía su recia corpulencia en el vacío de la celda. El pelo largo y enmarañado, casi escondía el rostro pétreo de Alex.
Temblaba ligeramente. La aséptica luz blanca del fluorescente, reflejada en el tapiz que acolchaba paredes, techo y suelo, iluminaba la estancia con una pulcritud tal, que daba frío. Pero no hacía frío y él temblaba.
Entraron a la habitación comprobando que volvió a hacer sus necesidades encima.
- Enseguida vuelvo y lo aseo, doctor- Inquirió la enfermera nerviosamente.
- No se moleste, Alice. No hay prisa ahora mismo, tenemos un asunto urgente. Cuando terminemos tendrá tiempo, gracias.- Tranquilizó el señor Wasser.
- No está sedado, doctor. – Apreció la enfermera.
- No hace falta, nos retrasaría en nuestra labor, gracias señorita. Y ahora, - Inquirió señalando la puerta.- Déjenos a solas, por favor y cierren la puerta. Necesitamos tranquilidad.
Hellen y el doctor Wasser, tomaron asiento junto a Alex.
- Cuando quiera señorita Smith.- Apreció el doctor mientras con un bolígrafo garabateaba unas hojas.
Hellen cerró los ojos y una sensación de desplomo la poseyó.
Volvió a abrir los ojos.
Estaba en una casa vieja. Observó su alrededor. Una habitación deshabitada. Moho sobre enormes goteras en el papel floreado de la pared y la pintura desconchada del techo.
Oscuridad y tinieblas. Las vigas de madera, crujían. Un charco empapaba la moqueta verdosa. La humedad reinante se apoderó de los músculos hasta entrar en los huesos.
- ¿Hola?- Gritó a la nada.- Mi nombre es Hellen Smith. Alex ¿estas aquí? - Su voz rebotaba en el infinito con un eco desconcertante.
Una bombilla con una cuerda pendiente del casquillo, colgaba en mitad de la habitación. Tiró de la cuerda, y la incandescencia de la bombilla iluminó, de forma escueta la habitación.
Hellen sabia, que no podía hacer nada en su visión, más que lo que Alex permitiera. Son reglas del anfitrión. Él deja pistas para navegar por su mente. Ella debe interpretarlos y usarlos.
En una de las paredes, unas palabras escritas. “Ochos patas, seis esquinas. Huye”.
Extraño, pero en ese momento se dio cuenta de que la habitación no era cuadrada, Era hexagonal, con una puerta en mitad de cada pared.
Caminó hacia una de ellas. La humedad crecía en la estancia haciendo que sus zapatos chapotearan en el suelo. Abrió la puerta. El pomo chirrió al girar y el marco crujió cuando se separaron jamba y portilla.
Otra habitación exactamente igual que la que dejaba en la espalda. En ella destacaba un escritorio. Se acercó a revisarlo.
Sepultado sobre una gruesa capa de polvo y telarañas, un libro de historia y unos folios garabateados con una letra infantil. Subrayado en el extremo superior el titulo de la misiva. “La segunda guerra mundial”. El folio estaba manchado de sangre seca. El escrito estaba sin terminar.
En mitad del silencio hasta el más liviano sonido se amplificaba. El tintineo de la tela de araña y en el grito de un niño, en algún punto de la casa.
- ¡Alex! ¿Dónde estas?- Miraba de un lado a otro. Corrió a la puerta tras la que se escuchaba el llanto.
Entró en otra habitación, exactamente igual a las anteriores, donde un grotesco hombre gritaba un niño. Su barriga sobresalía de una camiseta interior de tirantes blanca. El sudor le bañaba la frente, en la furia que le cegaba. Gritaba al niño, le insultaba y le abofeteaba exigiendo explicaciones de porque no terminaba su trabajo.
- ¡Alex, mírame, grandísimo cabrón! ¿Por qué cojones no has terminado lo que te pedí?- Lo volvía a empujar.- La vida es dura chico y debes aprender cueste lo que cueste. Aprende esto, jamás dejes nada a medias. ¿Entiendes?
El niño sollozaba aterrado, mientras la sangre brotaba de su nariz, mezclándose con lágrimas y mocos.
- ¡No llores maricón!- Un brutal puñetazo tiró al niño haciéndolo rodar por los charcos de la moqueta. – ¡No te he criado para que seas un maricón! ¿Entiendes? – Le observó y se encendió un cigarro.- ¡Levanta y sigue con los deberes!
Pasó al lado de ella expulsando el humo de su detestable boca.
- ¡Es solo un niño!
El hombre no escuchó a Hellen y entró en otra habitación.
Entonces las miradas se cruzaron. Él no buscaba una explicación con sus lacrimosos ojos, ni tan siquiera el consuelo que Hellen ofrecía. Sólo resignación.
Se levantó y entró en otro cuarto cerrando la puerta, tras su paso.
- Alex, espera.- Corrió hacia el niño.
Otra habitación hexagonal, exactamente igual que la anterior, pero con ligeros retoques. Una puerta se cerró. Corrió a ella. Otra habitación. Seis puertas. Sobre ellas, palabras y números escritos. Seis, mal, bien, ocho, holocausto, paz.
La mente de Alex, parecía un laberinto pero no lo era. Una silla en mitad del cuarto. Sangre en la moqueta. Se sentó para pensar detenidamente. Se limitaría a no salir de allí. Interrogantes y pistas. Alex quería hablar pero no podía. Esto no era un laberinto. Habitaciones hexagonales. Una tras otra. Trabajo, sometimiento, disciplina, austerísimo… No era un laberinto. Era una colmena.
Buscó la respuesta en la puerta del bien, sin salir del cuarto. Dos jóvenes se pelean en la habitación contigua. La pelea es brutal. Sangraban por pómulos, boca y nariz. Pero sólo uno de ellos cayó desplomado, mientras el otro abandonó la habitación por una de las puertas. De inmediato, la puerta contraria se abrió y el padre de Alex se dirige al joven.
- ¡Eres una mierda, Alex! ¿Cómo te atreves a venir a casa con la cara así?- Increpó al chico, pateándole en el suelo mientras, éste suplicaba.
No había clemencia. El cabrón se ensañaba.
Hellen cerró la puerta con lágrimas en los ojos y buscó otra salida. Ocho.
Un olor nauseabundo obstruyó su estomago de inmediato.
Cerró la puerta tras de si y Alex, el mismo Alex que vio por primera vez en la celda del hospital, se sentaba arrinconado. Con la misma mirada perdida en el infinito. Con el mismo pelo enmarañado en su cara pálida.
- Por dios, Alex, dime que te pasa.- Rogó Hellen acercándose al hombre.- Mírame, ¿Como puedo ayudarte?- Suplicó.
Alex levantó la cabeza. Sudaba. El pelo se le pegaba en la cara. Sus ojos, fuera de las orbitas eran el reflejo del terror más profundo. Del pánico más incoherente. De la fobia más absoluta.
Con la mano temblorosa, señaló a una esquina del cuarto y de su boca brotaron las palabras más suplicantes que jamás escuchó Hellen.
- Mátala por favor.
Una tela de araña. Una pequeña tela de araña y sobre ella la tejedora por excelencia. Se movía con gracilidad en la red que ella misma entrelazó.
Sus pistas lo revelaron. La colmena, su casa, su inocencia, la tela de araña del escritorio, el numero ocho, la imposibilidad de trabajar por un miedo. La crueldad de su padre. Alex sufría de una fobia.
Misteriosa, insignificante, aún así a ojos de un humano, pero con el poder ancestral de provocar ese estado a alguien tan enorme como Alex. Hellen no podía alterar la visión, no mientras Alex no la dejara. Y, evidentemente, la araña estaba fuera de sus posibilidades de control. Era un resquicio de miedo sin razón que se incrustaba en su cerebro subconsciente.
La amenaza no provenía de su mente entonces.
Con un sobresalto, Hellen despertó del trance.
- Señorita Smith.- - ¿Ha descubierto algo?
Hellen no respondió. Observó a su alrededor. A todos los rincones de la impoluta celda y su mirada se clavó encima de la puerta. Una pequeña tela de araña, la misma que la de la visión.
Mientras se acercaba a la salida, escrutando el inapreciable detalle, trató de explicar lo visto al psiquiatra, sin perder de vista la telaraña.
- Doctor Wasser, Alex sufre una fobia. Aracnofobia. Es lo que provoca su reacción y sus ataques agresivos cuando intentaron sacarle, para la revisión que solicitó. Al acercarle a la puerta, el instinto de Alex, le hizo comportarse de esa manera tan brutal.- Hellen se subió en una silla y con un simple dedo, aplastó a la araña alterando la pulcritud de la pared.
- Pero señorita Smith, eso no explica una cosa. Alex anteriormente…-
La frase quedó inconmpleta. En el momento que separaba el dedo de la pared, con el cadáver de la araña pegado sen él, su mente cayó de nuevo en un desplome a otra dimensión.
Volvía a esta en una habitación hexagonal y decenas de imágenes y escenas se agolpaban en su mente.
Alex se mantenía de pie, frente a una mesa, descuartizando a uno de los mendigos, con una sonrisa ladeada en cuyos labios se posaba un cigarrillo medio consumido. Arrancaba las vísceras con sus manos desnudas cubiertas de sangre hasta el antebrazo, lanzándolas al suelo. Canturreaba mientras lo hacia como si de un trabajo cotidiano y normal se tratase. El libro de historia se abría en las páginas relativas a los campos de concentración nazis. De nuevo el padre increpaba a Alex tirado en el suelo después de la pelea. Recordó al Doctor Wasser acercándose a ella dejando caer su colgante. El padre de Alex gritaba. Una palabra sobre una puerta. Holocausto. El numero seis. Seis esquinas, seis paredes, estrella de seis puntas. El padre gritaba quitándose el cinturón.
- ¡Maldito maricón, te has dejado pegar por un judío de mierda!- Seguidamente tomó el cinturón como un látigo.
El hígado del mendigo cae al suelo. Alex se ríe. Otros dos mendigos mutilados junto a la mesa. Sangre por las paredes y el delantal de Alex.
- Puto judío de mierda- Sonreía, mientras volvía a introducir sus manos en el cuerpo del indigente, sacando las tripas para tirarlas al suelo.
El colgante del doctor Wasser. Wasser es un apellido judío. David Wasser es judío….
Hellen despertó de nuevo con un sobresalto. El calor de una gota de sangre ardía en su mejilla. Sus pupilas se dilataron cuando frente a ella, Alex, con sus propias manos había arrancado la traquea del psiquiatra y le observaba con una sonrisa en la cara mientras el doctor se desangraba dejando caer lentamente el historial de Alex al suelo.
Había cometido un error. Se precipitó. Había liberado a Alex. No era sólo una fobia.
El grito histérico de una mujer salió de la celda ocho.
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